sábado, 20 de agosto de 2011

Desde adentro

Esa mañana Martín encontró una carta sola que había entrado por debajo de la puerta de su casa. Mientras abría con delicadeza el sobre pensó con un dejo de ironía hacia su suerte: " ¡Que risa!. De seguro es una cuenta a pagar o algo así porque hace varios meses que no recibo correspondencia de nadie que se acuerde que estoy vivo". Sacó la carta del sobre y leyó con atención pero sin animo de asombro alguno porque estaba casi seguro de que nada que hubiera allí podría alegrarle el día. La carta escrita en un papel amarillento y arrugado decía:

Querido Martín:

Tengo muchas ganas de verte. Estoy esperándote así que sal de inmediato a mi encuentro, amado hijo. Te ama, Dios.

Sin poder comprenderlo pero también sin hacerse demasiadas preguntas Martín se puso el abrigo más liviano y salió como loco a la calle buscando caminos por lo que nunca transitaba para evitar la incomodidad de encontrarse con algún conocido (cosa que nunca ocurría) que podría llegar a demorarlo y hasta incluso preguntarle a quién iba a buscar con tanto apuro. "Si es Dios en verdad quién me envió esa carta de seguro se aparecerá ante mí en algún lugar especial como una iglesia de estilo barroco o algo así". Sin embargo las horas se pasaron sin resultados y al caer la noche y rendido por el fracaso y sintiéndose un completo idiota Martín regresó a su casa maldiciendo su ingenuidad y su suerte. Al llegar al umbral de su casa notó que alguien aguardaba sentado en los escalones de la entrada. Al ver llegar a Martín le regaló una hermosa sonrisa y le dijo:
_ Todo el tiempo estuve aquí en tu perta esperando a tu encuentro. Esa carta amarilla estaba desde hace muchos años esperando a que la veas y la leas. Pero estabas tan distraído en tantas cosas sin demasiada importancia que nunca la leíste, y cuando lo hiciste estabas tan ansioso que saliste a mi encuentro y no pudiste ver que yo estaba aquí en tu puerta esperando a que me invitaras a pasar.

Es increíble como un día nos damos cuenta de que Dios ha estado allí siempre mandándonos mensajes que nunca leímos pero decíamos enojados que El jamás se interesa en nosotros. Hasta que algo cambia en nosotros y ya más sensiblemente perceptivos salimos a su encuentro, pero estamos tan llenos de sed y nos entregamos a buscarlo por tantos lugares específicos en los que suponemos que habitaría alguien de su talla que la vista se nos nubla y volvemos derrotados para comprender que el nunca dejó de estar ahí, parado, esperando a que le abriéramos las puertas de nuestro corazón.
Dios está en nuestro interior, sólo bastaría reconocerlo para empezar a hacer milagros en nuestras vidas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario