viernes, 26 de agosto de 2011
La importancia de la oracion
martes, 23 de agosto de 2011
El camello, el ojo de la aguja y el reino de los cielos...
Una de las miserias humanas que más padecemos los hombres y mujeres del mundo es la de prejuzgar todo lo que pasa con los demás sin siquiera hacer un poco de autocrítica ante nuestras miserables actitudes. A menudo miramos con asombro documentales donde los escenarios son la India, quizá Jamaica, u otros lugares dónde el hambre pulula por doquier. Al ver estas imágenes en nuestros modernos televisores nos apiadamos de esa pobre gente tan desdichada, y hasta nos preguntamos dónde es que está Dios que permite esas tragedia tan terribles. Y están por otro lado los que tiene mucho dinero y viajan a la India porque es mejor que verla en un documental, o porque creen que es precisamente ahí el lugar exacto donde uno se hace mejor persona, pasando unas vacaciones con todos los lujos, viendo en cada rincón como el hambre y la pobreza se dan la mano para posar en una gran postal de espiritualidad que recorrerá el mundo. Puede darse también que cuando estas personas vuelvan de aquel viaje practiquen algunos antiguos rituales, o digan en una hermosa reunión con amigos que dicha experiencia les cambió la vida para siempre y que aprendieron a valorar las infinidad de cosas que Dios les dió. Entonces nos preguntamos, nosotros, quienes estamos mirando del otro lado del cristal: ¿ Y qué pasa a tu alrededor?. Si sabés que cuando un niño sucio y harapiento te acerca una estampita a la ventana de tu auto la cerrás rápido y decís que le darías unas pocas moneditas al menos, pero no lo hacés porque seguro que los padres de esa pobre criatura lo mandan a pedir todos los días nada más que para tomar alcohol o drogarse, porque esta gente nunca sale a pedir para comer. Ni hablar cuando un mendigo o una mujer con un niño en brazos piden una limosna para poder comer un tan sólo bocado de algo que les alcance con la humilde recaudación de un día. Tal vez (estoy seguro) ni nos ponemos a pensar que es lo que lleva a esa gente a pedir una limosna para poder vivir (o mejor dicho sobrevivir) aunque sea por ese día. ¿Acaso nosotros los que trabajamos y vivimos bien podemos juzgarlos o podríamos bajar al nivel de pedir en las calles para comer sin vergüenza a que nos vieran los ojos de cientos de personas?. Ellos tal vez no trabajan, pero son dignos porque son capaces de sentarse en el cordón de una vereda en uno de esos días de frío brutal que pocas veces osaríamos imaginarnos, o en la puerta de una iglesia durante un verano de calor agobiante a la espera de una moneda de nosotros, que decimos estar bendecidos por no estar en su lugar. Puedo asegurar que si tuvieramos el corazón lleno de un amor inmenso, o tan sólo la ternura y la paciencia eterna de Jesús nos daríamos cuenta que en la mirada de todos esos seres que no conocen la humillación de pedir (aún cuando la mayoría de nosotros los prejuzgamos y los criticamos con malicia) se encuentra Dios viendo que tan piadosos somos. con el projimo, con el que está más cerca de nuestros ojos y no a un millón de kilómetros de casa. Seguramente aquel Dios todopoderoso en el que creo con fervor tiene un hermoso lugar cerca suyo para ellos: los mendigos, los linyeras, los chicos abandonados, madres con niños de padres ausentes, los mal llamados cirujas, esos despreciados hermanos tendrán la recompensa de un Dios que valora al que es capaz de humillarse y no perseguir riquezas, porque ellos saben sin saber que en realidad de nada servirán cuando tengamos que enfrentar su presencia. Recordemos entonces lo que bien vino a enseñarnos el mestro Jesús sobre estos actos:
" Porque tuve hambre y no me disteis de comer. Tuve sed y no me disteis de beber. Era forastero y no me albergasteis. Estuve desnudo y no me cubristeis; enfermo y en la cárcel y no me visitaste." Mateo. 25:42.
Jesús sabía que al que tiene fe todo le llega, todo le es dado por añadidura y porque Dios es misericordioso:
"Mirad las aves del cielo que no siembran ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro padre celestial las alimenta. ¿Acaso no valéis vosotros mucho más que ellas?. ¿Y quién de vosotros podrá por más que se afane añadir un codo a vuestra estatura?" Mateo 6:26.
Por eso me gusta pensar que los mendigos, los pobres, los niños, los ancianos, los linyeras, las madres solas, los minusválidos y los desprotegidos, son Dios pidiéndonos algo en cualquier parte, en algún momento de nuestra vida. Será mejor entonces advertirlo cuando estemos ante su presencia terrenal y se pondrá tan feliz con tu pequeño acto de amor... Y tú lo serás también.
sábado, 20 de agosto de 2011
Desde adentro
Querido Martín:
Tengo muchas ganas de verte. Estoy esperándote así que sal de inmediato a mi encuentro, amado hijo. Te ama, Dios.
Sin poder comprenderlo pero también sin hacerse demasiadas preguntas Martín se puso el abrigo más liviano y salió como loco a la calle buscando caminos por lo que nunca transitaba para evitar la incomodidad de encontrarse con algún conocido (cosa que nunca ocurría) que podría llegar a demorarlo y hasta incluso preguntarle a quién iba a buscar con tanto apuro. "Si es Dios en verdad quién me envió esa carta de seguro se aparecerá ante mí en algún lugar especial como una iglesia de estilo barroco o algo así". Sin embargo las horas se pasaron sin resultados y al caer la noche y rendido por el fracaso y sintiéndose un completo idiota Martín regresó a su casa maldiciendo su ingenuidad y su suerte. Al llegar al umbral de su casa notó que alguien aguardaba sentado en los escalones de la entrada. Al ver llegar a Martín le regaló una hermosa sonrisa y le dijo:
Es increíble como un día nos damos cuenta de que Dios ha estado allí siempre mandándonos mensajes que nunca leímos pero decíamos enojados que El jamás se interesa en nosotros. Hasta que algo cambia en nosotros y ya más sensiblemente perceptivos salimos a su encuentro, pero estamos tan llenos de sed y nos entregamos a buscarlo por tantos lugares específicos en los que suponemos que habitaría alguien de su talla que la vista se nos nubla y volvemos derrotados para comprender que el nunca dejó de estar ahí, parado, esperando a que le abriéramos las puertas de nuestro corazón.
Dios está en nuestro interior, sólo bastaría reconocerlo para empezar a hacer milagros en nuestras vidas.